2/3/06

Salomé, por Miguel Narros.



¿Qué pluma es más sutil que la de Oscar Wilde?
Al señor Miguel Narros le tengo en muy alta estima. Son muchas las obras que hemos visto y disfrutado bajo su dirección, pero cuando moldea las esculturas de Wilde hay ciertos aspectos que no acaban de encajar.
En el verano del 2003, en el Teatro de la Villa se estuvo representando una adaptación de la genial novela “El retrato de Dorian Gray”. Con una decoración sencilla, con los elementos necesarios y propios de la época: sobresaliente. Los actores sin apenas tonos de sobreactuación y muy concentrados en sus papeles, con una disposición de los personajes eficaz y actuaciones memorables, como la del actor Mariano Alameda en su papel del inmortal Dorian Gray.
Sin embargo se intuía un pico discordante dentro de la melódica y armónica representación. Los personajes, los personajes masculinos, eran muy espléndidos en sus
caricias y sus roces. Es extraño que tratándose de una época, nacimiento del dandismo, donde las distancias eran muy respetuosas y la formalidad y la apariencia lo eran practicamente todo en sociedad, principalmente si no se tenía un lenguaje ilustrado en una sólida cultura, que se diesen esas caricias descaradas y exageradas fuera de contexto y bajo cualquier situación.
Por todos es conocido la homosexualidad de Wilde, sin embargo su pluma siempre fue ambigua y sutil en este sentido, propio de su genio, escribiendo entre líneas y jugando con las palabras, los personajes y sus formas. Wilde nunca hubiese aprobado una explicitud tan contraria a su sutileza. Tal vez juegos de palabras o de entonaciones decoradas, aspectos que permiten intuir ciertos sentimientos, pero vacíos para culpar ninguna actitud.
La obra siguió su recorrido con un tiempo justo y constante dentro de una dinámica rítmica y genial.
Entre finales de febrero y principios de marzo de 2006 el Teatro Albéniz tenía entre sus manos “Salomé”. El texto de Wilde es, como bajo muchas otras plumas, un capricho para hacer una representación siempre personal del embraguiador baile de Salomé ante Herodes, con el objetivo de besar la cabeza del hombre santo San Juan Bautista, decapitada y ofrecida en bandeja de plata por su despecho y su rechazo ante la sensualidad y el erotismo personificado.
El decorado era moderno y lóbrego. Los personajes vestían de negro y con trajes y vestidos propios del siglo XXI. Sin embargo el primer impacto fue de nuevo esa explicitud fuera de lugar en los primeros diálogos de la obra.
Salomé, ¿cómo echar abajo este episodio tan morboso y atractivo? Pues principalmente extendiendo la obra en el tiempo, haciéndola tan lenta como para que dure dos horas y le sobre al menos una cuarta parte. Los personajes en sus papeles y variedad de calidad dependiendo principalmente de su experiencia y de la dirección del señor Miguel Narros.
Salomé, María Adanez, sintió su propia Salomé. Salomé es irrepresentable, debe ser una mujer con voz bípeda, mirada embriagadora y bruja, movimientos rítmicos y eróticos, en ningún caso brusca, debe ser ante todo erótica, pérfida, inteligente y consciente de sus capacidades, nunca víctima de ellas. Segura, misteriosa y como la luna en la muerte del hombre santo, roja como la pasión y la muerte.
Los aplausos del final de la obra eran tímidos y respetuosos. No eran escasos por la incompresión ante una versión personal de la obra, ni por estar situada en un nivel intelectual al que pocos son capaces de llegar, ni por su carácter transgresor y agresivo; fueron simplemente por ser arítmica, lenta, con sobreactuaciones y principalmente porque el erotismo que la Salomé de María Adanez vivió en su baile ante Herodes, cayó hasta desaparecer en el momento en el que terminando sus movimientos en la parte alta del decorado, se despojó de su vestido y quedó totalmente desnuda y vacía. Terminó el erotismo. Salomé nunca se hubiese desnudado, consciente de su erotismo no se le hubiese ni pasado por la imaginación, además de no necesitar nunca mostrar su cuerpo pálido y desnudo.
No se si el señor Miguel Narros decidirá adaptar alguna de las obras cortas o cuentos de Oscar Wilde, a las que sin duda acudiré, pero tiene un examen final cuando decida matricularse en “La importancia de llamarse Ernesto”, para la cual espero que no pase mucho tiempo.


Siempre desde el respeto a los actores y la dirección, con todo el equipo que lleva detrás del telón.

1 comentario:

Laura dijo...

No haces ninguna mención a la "espectacular" actuación de Millán ... que tunante.