14/7/06

La ceguera de Galileo



Cuando John Milton visitó a Galileo en la apartada casa de Arcetri, este aún no había perdido la vista. El inicial cruce de miradas fue un punto de inflexión en la historia de la humanidad.
Galileo se encontraba confinado por el Santo Oficio, quien le invitó a cesar en sus estudios, recibiendo únicamente las visitas autorizadas por el delegado papal. Sus investigaciones no se limitaban a aportar leña a la hoguera de la batalla entre la religión y la ciencia, propia del renacimiento, sus intenciones se basaban en el método científico y particularmente en la defensa de los principios copernicanos, lo que le dio la oportunidad de compadecer ante el tribunal de la Inquisición allá por el año de 1616.

Milton recorrió Europa entre 1638-1639 principalmente Italia, cuna del pensamiento moderno. Londres contaba con un estrecho marco de maniobra intelectual. En sus primeros años de formación, en los cuales la mente crece de forma flexible e incansable, sus principales intenciones fueron hacia la iglesia.
En 1629 se graduó en artes donde tres años después fue profesor. Su padre, figura inseparable, tanto en cuerpo como en alma, de profesión abogado con una reputación aceptable, observó la capacidad intelectual de su hijo al que evitó presionar para que decidiese su camino de forma clara y contundente. Mientras tanto Milton trabajó perseverante estudiando a los clásicos, de tal forma de su actividad creativa dio como resultado sus primeras composiciones poéticas.

Galileo había muerto cuando Milton consiguió escribir sus impresiones respecto a su encuentro: “...allí encontré y visité al famoso Galileo, envejecido, prisionero de la Inquisición por pensar sobre astronomía de modo distinto al de los franciscanos y dominicos.” (Areopagitica).
De vuelta en Inglaterra Milton se dedicó a la enseñanza privada.
Algo había despertado en su interior.
Políticamente surgió en estos años el movimiento republicano, el compromiso de Milton fue activo desde el primer momento, por medio de folletos propagandísticos (1641). Ocho años después este movimiento se vuelve realidad y Milton pasa a ocupar el cargo de secretario del nuevo Consejo de Estado.

Ambos se miraron fijamente. Galileo con expresión tranquila y segura. No era en una batalla donde estaba. Defendía sus investigaciones, aquellas que le habían llevado durante noches enteras a contemplar por el telescopio las manchas y las rotaciones solares, aquel secreto astral que tan a la vista estaba que no tuvo más remedio que afirmarlo.
Pero le costó la vista. Quedó ciego. Ciego para ver un mundo que lo miraría aterrorizado, ciego para ver como aquellos tapaban sus oídos ante sus palabras. Palabras tan claras que su recompensa fue el aislamiento en una jaula de oro florentina.

La mirada de Milton era joven, impaciente y ávida de conocimiento y búsqueda de cualquier pista que le ayudase a construir sobre unos pilares de cultura clásica inquebrantables una verdad suficiente para su razón.
También quedó ciego. En su etapa de folletista del nuevo régimen su vista le abandonó. Comenzó a colaborar con Andrew Marwell, quien también le ayudaría en su Poema.
Fue en 1952.
Pero cuando realmente quedó ciego fue cuando en su mente comenzó a tomar forma el Poema, cuando su romanticismo supo que debería continuar su propio camino, este pasaba por cualquier tipo sistema, y como sufriría posteriormente, de cualquier religión.
Caminaba, caminaba a un ritmo constante y contundente. Sus folletos reformistas hablaban sobre educación, divorcio, libertad de prensa, sobre los derechos de la monarquía... Se cubrió de unas vestimentas que le identificarían perfectamente años después, cuando el cielo tornó negro y las tormentas tronaron su nombre: 1660 la restauración.
Nunca supo que hubiera sido lo mejor, si su condena a muerte, o haber seguido caminando oculto, ciego, mudo y marcado, al igual que hiciera Galileo. Pero él no había acabado de dar su golpe sobre la mesa. Su mirada no era como aquella de Galileo, esta continuaba estando incompleta, aunque ya de blancas pupilas.

Su gesto cambió en 1663, cuando escribió todo lo que tenía que decir al mundo. Cuando sus versos manaban una fuerza cuya rima golpeaba con la contundencia del significado de sus palabras, y del sentido de sus frases.
Sabía que se había condenado.
Se volvió extremista en su ceguera de ver el mundo. El absolutismo de la iglesia anglicana le llevó al Presbiterianismo, pero como estos no aceptaban su visión del divorcio se paso a tierra de nadie, un campo independiente, o como él mismo se definiría: “John Milton, inglés a todas las iglesias”.
Políticamente sus ideales comenzaron con la reinante monarquía constitucional para pasarse al parlamentarismo republicano y finalmente a una “dictadura”, defendiendo la libertad, si, pero no era en ningún caso un demócrata, pues al igual que hiciese Platón en su República, la libertad sería únicamente para los sabios y los buenos, es decir un aristócrata, el gobierno de los mejores.
La Restauración le encontró clamando al cielo y a la tierra, idealista e independiente sin ninguna política práctica.
Fue enterrado con su padre en St. Gilles, Londres.

Galileo y Milton chocaron contra una ingente estructura, tan alta como la catedral de San Pedro y tan antigua como su Dios. ¿Qué les condenó?
Concilio de Hipona. 393. La iglesia eligió este año para decidir el canon o lista oficial que estructuraría la Biblia, es decir, el Antiguo y el Nuevo Testamento. Previamente, se habían propuesto una lista con aquellos libros que tenían alguna posibilidad de aparecer en el índice de la Biblia, el libro sagrado cuyo mito llegaría hasta la misma pluma de Dios. El Papa Dámaso I en 363 y las actas del Concilio de Laodicea (363) enumerarían los candidatos.

La deliberación fue larga, pero siempre con las pautas que la Iglesia Católica tenía en mente, primero para conservar el poder delegado por Dios, al igual que el Dei Gratia de los reyes de las monarquías absolutas, y en segundo lugar, con la intención de ajustar más el yugo al pueblo ignorante y sometido, y especialmente a la mujer. Aquella criatura inferior que hasta el siglo XIX no le fue otorgada el alma. Sin embargo el golpe de efecto de la Iglesia fue muy certero, pues su maniobra consistió en atraerse bajo su manto y con la palabra del miedo a aquellos que estaban sometidos.

Ya la confección del primer Testamento se produjo por la voluntad del Señor, bajo la voz de un eclesiástico, Ireneo de Lyon, en los inicios del 185, en su obra Adversus Haereses.
Los cuatro puntos cardinales, los cuatro vientos o los cuatro animales, custodios del trono de Dios, propios de la iconoclasta cristiana: el hombre, el león, el toro y el águila conformarían el número de los evangelios que comprenderían la base canónica, pues “no es posible que puedan ser ni más ni menos de cuatro”.
En cualquier caso católicos, protestantes y ortodoxos coinciden en el canon del Nuevo Testamento.
Muchos son los libros que se quedaron fuera, ocultos: apócrifos.
Todos, y sobretodo el Evangelio de Judas. En copto. Judas, el traidor, su evangelio utilizado por una secta gnóstica.
Siendo uno de los apóstoles de Jesús de Nazaret, lo siguió hasta la hoy castigada Palestina, y según los Evangelios, fue aquel traidor que por medio de un beso descubrió a su mentor. Por treinta denarios, trató de devolverlos, una simbología sin retorno. Tras la negativa de los sacerdotes a aceptar ese dinero los arrojó tal como había arrojado su alma y se suicidó ahorcándose, sabiendo y anunciando la resurrección. Pero su evangelio no está entre los elegidos.

La multitud de teorías que arropan las historia de los evangelios es muy extensa y ambigua.
Tratando de escapar de la especulación, los estudiosos tienen una teoría comúnmente consensuada obtenidas por el enfrentamiento de los libros. (Teoría de las dos fuentes).
El evangelio de Marcos es el más antiguo, utilizado por Mateo y Lucas, sin embargo entre Lucas y Mateo hay coincidencias que no se dan en Marcos. Lo cual da la posibilidad de contar con una nueva fuente: Q o protoevangelio Q, compendio de dichos y enseñanzas de Jesús, sin ninguna intención de composición. El descubrimiento del Evangelio de Tomás, una recopilación de dichos atribuidos a Jesús consolida esta hipótesis.
Siempre la mano del hombre. Aquel que crea el ideal perfecto y que lo distorsiona y contamina cuando lo hace terrenal.

Marcos: c 68-73 aprox. Discípulo de Pedro.
Mateo: c.70-100 aprox. Apóstol de Jesús.
Lucas: c.80-100 aprox. Medico de origen sirio.
Juan: c.90-110 aprox. Apóstol de Jesús.

Concilios y más concilios han formado el pensamiento cristiano-católico, cristiano-protestante y cristiano-ortodoxo de nuestros días. Por ejemplo:
El concilio de Éfeso, definió la unidad de persona en Cristo y la maternidad divina de María. Siempre la mano del hombre.
La división del Imperio romano produjo el cisma de oriente, dividiendo la Iglesia en la ortodoxa y la católica romana. Cada una avanzó con sus papas elegidos por la voluntad de Dios a través de la legislación escrita por y para el hombre.

El abuso continuó y continuó hasta tal punto que un monje agustino no tuvo más remedio de clavar un interrogante con 95 tesis en la puerta de la Iglesia Castillo de Wittenberg, 1517. Estas tesis no eran una provocación, ni un cisma, eran dos interrogantes, el primero preguntándose por la verdadera dirección de la iglesia en cuanto a la casa de Dios en la tierra, y la segunda contra la institución en la que estaba constituida la Iglesia.
Aceptaba la Biblia como guía única y directa con Dios, preguntaba si el papa no era un hombre elegido por el hombre, preguntaba sobre los abusos materialistas de la iglesia... un problema nacido de dentro de la propia iglesia, de alguien que conocía perfectamente su verdadero rostro.
Lutero dio paso al protestantismo y a sus posteriores variantes.
La contestación de la Iglesia Católica, aquella que adora santos, que condena a científicos cuando se hacen incompatibles con la religión, que encierra a quien pregunta y acaricia a quien golpea, convocó por medio de nuestro Carlos V el Concilio de Trento, como renovación al catolicismo, definió lo que un católico podía creer, así como su administración y otras reformas prácticas. Sin embargo la decisión del Emperador no fue por creencias religiosas ni por la incontenible voluntad de alzar al catolicismo. Un emperador, un rey y cualquier tipo de gobierno no es sino política. Intentó a toda costa evitar cualquier tipo de altercado religioso en el interior de sus extensos territorios.

El protestantismo comenzó a caminar, dejando atrás el purgatorio, la supremacía papal, las oraciones de los muertos, la intercesión de los santos, la asunción de María y su virginidad perpetua. Una decisión entre hombres.

En cualquier caso todas las ramas del cristianismo dominan y manejan la Biblia, con 73 libros, 46 del Antiguo Testamento y 27 del Nuevo Testamento, confirmado en el Concilio de Cartago en 397 y de nuevo en el Concilio de Trento de 1546.
La Biblia es un mensaje inspirado por el Espíritu Santo, cuenta la historia de la humanidad, su condena, pecado y salvación. El Antiguo Testamento narra principalmente la historia de los hebreos, y el Nuevo Testamento la vida muerte y resurrección de Jesús.

Las guerras más crueles se han hecho en nombre de las religiones y los dioses, aún hoy en día los fanatismos se encuentran exactamente igual que en el medievo.

Cuando Galileo tradujo a palabras lo que vio a través de sus telescopios y basándose en los principios de Copérnico, hablaba como estudioso y científico, es decir de forma objetiva. Sin querer definió el heliocentrismo, todos los planetas giran alrededor del sol. Pero esta aclaración suponía un golpe a los pilares eclesiásticos pues ¿Cómo era posible que no girase todo en torno a la tierra?, ¿en torno a la obra de Dios nuestro Señor?, Ya en Italia el antropocentrismo renacentista tenía un peso considerable.
Pero la Iglesia sabía del valor de Galileo, por eso fue encerrado y únicamente podía ser visitado por aquellos que tenían el consentimiento papal.

La visita de Milton fue un encuentro en el que se vieron grandes verdades, aquellas que dejó a ambos ciegos.
Milton, cuyos primeros estudios e intenciones se dirigían hacia la Iglesia misma, comprobó como todo no se basaba sino en la voluntad humana, tal como la política. Todo eran posturas e intereses.
La visión de la estructura de su poema era el heliocentrismo de Galileo.
Su Paraíso Perdido no es sino un canto cubierto de romanticismo hacia una figura odiada por todos, hacia el eternamente condenado, hacia la Luz de Dios, hacia Lucifer.

Busca, busca ese canto de desesperación, arrepentimiento y sumisión ante una misión imposible y dolorosa. Una misión que únicamente podía hacer el mejor, el elegido, tal como Judas fue elegido por Jesús para ser traicionado, aquel que se ahorcaría anunciando la resurrección de su señor.


Durante siglos la conformación de las creencias religiosas del cristianismo han estado diseñadas por el dedo del hombre, por aquellas que encajaban perfectamente en sus ideales como medio para mantener sus intereses, y su poder como objetivo.
Luego si ponemos de nuevo todos los evangelios encima de la mesa, las combinaciones posibles sobre nuevas biblias son tan amplias como diferentes: la mujer recuperaría su verdadero lugar, incluso tal vez el antiquísimo matriarcado; y fundamentalmente se trataría de recuperar un espíritu de tolerancia, que destierre las absurdas ideas medievales e intente llegar todos los necesitados. Pero principalmente el respeto hacia las ideas de los demás y hacia las propias personas.


“Me parece que aquellos que sólo se basan en argumentos de autoridad para mantener sus afirmaciones, sin buscar razones que las apoyen, actúan en forma absurda. Desearía poder cuestionar libremente y responder libremente sin adulaciones. Así se comporta aquel que persigue la verdad.”
G.G.

“Cuanto odio, Oh Sol, tus rayos, que me traen
recuerdos del estado desde donde
caí, yo que antaño me sentía
tan glorioso encima de su esfera,
hasta que el orgullo y la ambición
me arrojaron al abismo por hacer
Guerra en el cielo contra el sin igual
Rey del Cielo. ¿Y ello para qué?
de mí este trato no se merecía...”
Paradise Lost – Book IV

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